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Revista de Ópera y Música Clásica

Sergei Prokofiev: Concierto para violín y orquesta nº 1 en Re mayor Op. 19

Fecha de publicación: 22 de diciembre de 2012

Este concierto para violín Op. 19 es un ejemplo perfectamente acabado, una composición esplendida, vivificante, equilibrada, incisiva, brillante, dotada de una extraordinaria inspiración melódica. Prokofiev consiguió dar aquí con la senda de la forma y de la expresión, en síntesis conducida y representada por una orquestación minuciosa y radiante y por un solista de finísimo trazo que dialoga en constante plano de igualdad con el tutti.

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Programas de Mano de la Hemeroteca de Música Clásica de Clasica2  presenta hoy el Concierto para violín y orquesta nº 1 en Re mayor Op. 19 de Sergei Prokofiev con motivo del concierto ofrecido por la Orquesta Sinfónica de RTVE el 10 de marzo de 1994
 
 
Hemeroteca de Musica Clasica en Clasica2NOTAS AL PROGRAMA DE MANO
 
Prokofiev era de los músicos a quienes gustaba hablar de su obra en un intento de clarificar su estética y facilitar al oyente la comprensión. Su reconocido sentido del humor, sardónico o levemente irónico una veces, amargo otras, lo aplicaba a sus propios credos y principios creadores. Dividió y definió así los elementos que consideraba constitutivos de su estilo compositivo: 
 
a) Clásico: “originado en mi temprana infancia, cuando escuchaba a mi madre tocar sonatas de Beethoven. Asume un aspecto neoclásico o imita el estilo clásico del siglo XVIII.
 
b) Búsqueda de la innovación, de un lenguaje armónico individual, transformado más tarde en un medio para la expresión de poderosas emociones. 
 
c) Empleo de la toccata como elemento motor, con antecedente probable en la famosa Toccata de Schumann, “que me impresionaba enormemente” y que se asocia a la idea de fuerte impulso rítmico del tipo del llamado “movimiento perpetuo”
 
d) Lírico, aspecto que el compositor destacaba siempre como contraste a otros que sirvieron para calificarlo: “en etapas ulteriores fui dedicando cada vez mayor atención a la expresión lírica”.
 
e) Grotesco, que debería entenderse, ante el empeño que algunos críticos tienen de adjudicármelo, como una mera variación de los demás”. Insistía Prokofiev en que el término en cuestión habría de ser sustituido en su música por el de –valga la palabreja- “Scherzosidad” o por los tres conceptos que expresan sus gradaciones: “broma, risa, burla”  
 
El autor era así muy consciente de sus capacidades, que sin duda correspondían a una personalidad musical fuerte y robusta, cargada de un incombustible optimismo, tan alejada del misticismo de Scriabin como del trasnochado romanticismo de Rachmaninov. Sus obras de juventud, resultan, en expresión de Machlis, “audaces, terrenales, gloriosamente vivas”. Este Concierto para violín Op. 19 es un ejemplo perfectamente acabado, una composición esplendida, vivificante, equilibrada, incisiva, brillante, dotada de una extraordinaria inspiración melódica. Prokofiev consiguió dar aquí con la senda de la forma y de la expresión, en síntesis conducida y representada por una orquestación minuciosa y radiante y por un solista de finísimo trazo que dialoga en constante plano de igualdad con el tutti. 
 
La partitura empezó a escribirse en 1915 y se concluyó en 1917, más o menos al tiempo que la Sinfonía Clásica. Paul Kochanski, violinista polaco residente en San Petersburgo, aconsejó al compositor sobre determinados aspectos de la escritura solista. Sin embargo, a causa de los acontecimientos revolucionarios, el estreno hubo de aplazarse y al final tuvo lugar en París seis años después. Marcel Darrieux tocaba la parte principal y Serge Kussevitzky dirigía la orquesta. El lirismo desbordante de la obra, un tanto desfasado para la época, determinó las primeras críticas y la acogida relativamente fría, pese a que Stravinski mostraba su apoyo. Georges Auric localizaba rastros de afectación y de un excesivo tono mendelssoniano en la pieza, que encontraría en seguida su camino de éxitos en el arco de Joseph Szigeti, que la presentaría en el Festival de Praga en 1924. La partitura desde luego es importante por la manera en que es capaz de crear un mundo sonoro casi irreal (en buena medida raveliano), nuevo e individual a partir de una notable economía de medios y de una orquestación prodigiosa que incluye una tuba –mientras desdeña los trombones-. Las texturas sobrias y translúcidas predominan.
 
Siempre se ha alabado la enorme calidad y poder de sugerencia del primer tema del Andantino que inaugura la composición, una frase larga, cálida, envolvente, encantadora y luminosa del solista sobre un lecho de suaves y cordiales trémolos de violas y prontos diseños en contrapunto del clarinete. La música evoluciona dinámicamente sin perder la compostura de la media voz y el gentil motivo trabajado variadamente. El segundo tema, de carácter casi danzable, supone un contraste rítmico que no cambia prácticamente el clima. El momento de más alta intensidad se sitúa inmediatamente antes de la coda, después de un aplicado desarrollo en el que el violín recorre un notable muestrario de habilidades técnicas y en el que la velocidad se acelera sin que la música pierda nunca la pureza de línea. Pero nada puede igualar al mágico instante en el que el tema inicial reaparece, muy lento, poco antes de la conclusión, en la voz de la flauta (pp dolcissimo), enmarcada por el arpa y las cuerdas con sordina y los ornamentos refinados del solista. Una auténtica filigrana, una página única por la delicadeza de las sonoridades.
 
El Scherzo, vivo, sardónico, recuerda no poco en su inicio al finale de la Sinfonía Clásica. Es una especie de extraño y funámbulo rondó (ABA’CA’’) que combina ágilmente los ritmos agresivos y los saltos interválicos con la instrumentación fantasiosa, casi percutida, donde destacan los golpes sul ponticello del violín protagonista. Sobre un fondo fuertemente ritmado, el fagot trae al comienzo del Finale una cantinela que es pronto contestada por una segunda idea en la voz solista, a medias staccato y melodía legato. El solista practica entusiásticamente largas y veloces escalas sobre contrapuntos en las que sobresale la humorística voz de la tuba, pasaje paradigmático de la curiosa mezcla de inocencia y sofisticación que preside la obra. Un crescendo y un último fortísimo anuncian una coda que termina como lo hacía el primer movimiento: con el tema inicial, aquí en la voz del violín, unida a la de la flauta y el clarinete en la nota tónica y reafirmando de esta manera la calidad cordial, afectuosa, casi contemplativa de una composición cruzada, no obstante, de chispazos vertiginosos y rutilantes rítmicos e instrumentales". 
 
Fin de la Cita

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Escuchemos a continuación el Concierto para violín y orquesta nº 1 en Re mayor Op. 19 de Sergei Prokofiev
 
 
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